2. Decisiones

– ¿Hiciste la tarea? –  susurró Diego-
– Si, agarrá el libro – le respondí de mala gana

La profesora de portugués nos miró con cara de pocos amigos.

– Oi meninos, ¡parem de falar! –nos reprendió-
– Me disculpa, Renata –contesté-

El resto de la hora, me la pasé haciendo dibujitos en el cuaderno. Compré un bon o bon en el kiosko y pegué el aluminio en una hoja, mientras le garabateaba un cartelito a Diego. No podía prestar atención. Lo único que pensaba era en todos los trámites que tenía que hacer si me iba. Todo era tan aburrido, tan rutinario. Antes, tenía los fines de semana llenos de planes fabulosos. Hoy era viernes y estaba más sola que un perro con sarna. Era siempre lo mismo, repetido una y otra vez.

Cuando por fin terminó la clase, nos fuimos caminando con Diego al estacionamiento de la universidad.

– ¿Qué vas a hacer al final? Tenés que decidirte ya – preguntó él
– Ya les respondí que sí –dije yo. Diego abrió los ojos como platos- Esta mañana les mandé un mail, antes de venir a esta mierda.
– ¿Te vas? ¡Boluda que genial!- gritó de la alegría mientras me daba un abrazo que me rompía las costillas. Era tan grandote y peludo, sus brazos eran la mejor sensación del mundo-
– No sé si me voy – lo frené yo un tanto escéptica- Viste como son. Hasta que no me manden el contrato firmado yo no muevo un pelo. Me pueden saltar con un martes 13 y no me voy nada. No me quiero ilusionar
– Te vas a ir, vas a ver que sí.

Ojalá, pensé para mis adentros. Neuquén era un bajón últimamente. Extrañaba la buena vida. Me había peleado con mi mejor amiga, y mi amor de verano había terminado de la peor manera posible. Me sentía tan miserable. Enero y febrero habían sido meses increíbles, y este abril era una pálida total. Necesitaba un cambio de aire urgentemente.

– ¡Me voy a ir a Italia chabón! – festejé olvidando los pensamientos negativos- Se pueden morir todos. Te dejo porque me tengo que ir a hacer trámites. Te actualizo con las novedades
– ¿Cómo era eso de que no ibas a mover un pelo?- exclamó él con su vocecita socarrona- Chau gorda, ¡dejá de mentir porque te conozco!

Todavía tenía que darle la noticia a mi familia. Decidí empezar con mi viejo, porque él da los mejores consejos. Es cirujano, así que está acostumbrado a pensar con sangre fría. Nunca me condiciona, ni me dice lo que tengo que hacer. Sólo me hace pensar.

Me levanté relativamente temprano ese sábado para ir a almorzar con mi papá. Clavar un pote de helado mirando Glee había sido la joda de la noche anterior y me sentía un poco resacosa de tanta comida. Jesús, ni yo podía creerlo. Era oficialmente una anciana con 20 años.

Pero no hay ningún mal en este mundo que una taza de café no pueda curar. Prendí la radio, la computadora, y tomé mi primer sorbo. Me había llegado un mail nuevo. Casi escupo todo de la emoción

Hola Lucía,

Adjunto su contrato laboral. Por favor reenviar firmado a la brevedad. La falta de cualquiera de los documentos requeridos puede impedir su salida. Cualquier pregunta, ¡por favor póngase en contacto con nosotros!
Atenciosamente,

Silveira Testi

Me costaba trabajo respirar. Sentía el corazón a punto de explotarme.  Esto no era una joda. Esto era una carta pobremente redactada de una brasilera que seguramente me escribía desde el culo del mundo. Si yo firmaba esos papeles, estaba obligada a trabajar ocho meses en un barco. Necesitaba hablar con mi viejo urgente. Dejé mi café a medio terminar, agarré las llaves, y salí corriendo al encuentro.

Llegué al restaurante un poco agitada. Pedí el diario y me senté a esperar a que llegara mi comensal. Sentía desentonar con ese lugar. El interior estaba finamente decorado con maderas y plantas y el techo era altísimo. La gente estaba en sus almuerzos de trabajo, vestidos formalmente y con zapatos acordes. Yo tenía un jean con más agujeros que tela, y unas zapatillas con una mugre que me hubiesen rebotado hasta en La Casona. Sentía los ojos sobre mí de un grupo de treintañeros que comían al lado mío. Se reían como monos y parecían creerse mejor que todos en sus trajes de oficina. Cualquier otro día los hubiese mirado con odio. Pero ese día, me sentía en la cima del mundo.  Por fin, era yo la protagonista, la que tenía suerte.

Miré hacia la puerta, y estaba entrando mi viejo. Tenía una camisa celeste muy prolija y unos pantalones de corderoy. No le gustaban las corbatas, por eso siempre usaba un pañuelo gaucho con un pasador de plata que le había regalado mi abuelo. Él también desentonaba un poco. Odiábamos las solemnidades.

Cuando terminé de contarle la historia, hizo silencio para pensar en que decir

– Hija, estás muy crota –me reprochó- ¿Vos te viste al espejo antes de salir?

– No, papá, no me vi – contesté impaciente- ¿Qué tiene que ver eso ahora? No empecemos a pelear, por favor te lo pido. Tengo una decisión importante que tomar. Y no sé qué hacer. Yo sé que te dije que no iba a ir. Yo honestamente no sé si voy a aguantar ocho meses ahí arriba. Lo más probable es que renuncie. Ya sé cómo es ahí adentro y no me la voy a bancar. Y  a parte, tengo que dejar el departamento, y la facultad y…

– Yo creo que tenés que ir – me interrumpió – Esas cosas se arreglan, Lucita. Pero las oportunidades no vuelven. No vas a tener veinte años para siempre. Uno a esa edad piensa que sí, que nunca se va a morir. Pero después vienen las responsabilidades, las parejas, los hijos. Es hermoso también, pero no vuelve a ser lo mismo. Sino lo hacés ahora, no lo vas a hacer más. ¿Cuántas personas pueden decir que trabajaron en un crucero?

– No muchas. Tenés razón.

– Obvio que tengo razón, siempre tengo razón. ¿Acaso no soy Dios? –bromeó mi papá. Yo lo tenía agendado en el celular como Dios y era un chiste que nunca dejaba de ser gracioso- No Lucita, no soy Dios. Yo cometí muchos errores, soy un viejo dinosaurio. Pero viví algunos años más que vos y por eso puedo darte algunos consejos. Las personas se arrepienten más de las cosas que dejaron sin hacer, que de aquellas que sí hicieron. Mi consejo es que te arriesgues. Si no te gusta, te volvés. El tren pasa una vez.

– Quiero irme. Yo también creo que va a ser una gran oportunidad.

– ¡Pero por supuesto que sí! –exclamó- ¿Te queda alguna duda? Tu papito, siempre previsor, ya sabía que te ibas a ir. Ya te saqué una tarjeta de crédito y un seguro de viajero para que te lleves.

– ¿En serio pa? – pregunté asombrada mientras le daba un abrazo- ¡Muchas gracias! Estás en todas, sos un capo. No lo puedo creer.

– Y nos quedan pocos días así que más vale que los aprovechemos. Dejé de jugar al ajedrez para venir a comer con vos, así que mirá lo importante que sos – me reprochó- Tengo libre hasta las 5. Vamos a ir a comprar ropa, seguramente necesitás muchas cosas. Así de crota mi hija no se va a ir a ningún crucero.

Pagamos la cuenta y  abracé a mi papá mientras nos dirigíamos a la salida. Me abrió la puerta, y miré a la mesa de los treintañeros. Les dedique mi mejor sonrisa y les tiré un beso mientras ellos me miraban extrañados. ¿Quién era mejor ahora?

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