3. Despedidas

Faltaba un día para el gran viaje, y todo era un caos. Mi departamento estaba lleno de cajas y cajas apiladas, amigos que entraban y salían a saludarme, y todavía quedaban trámites por hacer. Parecía que nunca iba a terminar.

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El barco al que iba a subir se llamaba Obala Favolosa, y mi posición era de Animadora de Niños. Una de las chicas que quedó preseleccionada conmigo en la facultad estaba trabajando hacía cinco meses allí. Me mandó un mensaje donde me pidió yerba y me dijo “Cargate de fuerzas y energías. La vida acá no es fácil”. Bueno, cuando me fui de intercambio no fue fácil tampoco. Fue jodido como panadero a dieta. Pero soporté. Quizás esta vez pudiera hacerlo de nuevo.

Quise ir a la universidad a despedirme de todos. Dos amigos me sorprendieron con una foto y una carta. A veces los gestos que más deseamos vienen de las personas que menos esperamos. La habíamos sacado en un viaje a Rosario que habíamos hecho con la facultad.

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No pude evitar largarme a llorar, me sentía una hipócrita. Vivía quejándome de lo sola que me sentía, estaba cansada de inventar relaciones donde no las había y ahí estaban mis amigos. Apoyándome y dándome su abrazo.

Los abracé a todos, y me fui a mi casa con una sonrisa de oreja a oreja. La gente me miraba extrañada. Creo que la alegría cotidiana está en peligro de extinción, y cuando la encontramos, nos parece un bicho raro. Miraba los edificios con atención. Ninguno de ellos tenía más de 40 años. Y en Neuquén, el patrimonio cultural era algo sin valor. Todo se tiraba abajo en nombre del “progreso”.

Yo estudié arquitectura en los libros, nunca vi un edificio con más de 300 años. Ahora iba a conocer esos lugares que me hacían soñar en la época de parciales, iba a saber lo que era el arte romano, el medieval, el renacentista, el modernista. Lo iba a ver todo con mis propios ojos. En un día, Neuquén iba a estar en el recuerdo. Y yo en Europa. ¿Cómo no iba a estar feliz?

Mis amigos me hicieron una cena de despedida, y mi papá nos trajo pastas al Wok de mi rotisería preferida. Los iba a extrañar a todos. Iba a extrañar mi departamento, a mi gato, a mi vida. Pero el momento de volar había llegado.

amigos

Me asomé a la ventana para observar la noche por última vez. De repente, ya no quería irme. Por mucho que protestara, acá estaban mis amigos, mi familia, las personas que quería. Quería que ese momento durara para siempre. Las risas y los abrazos. Era tan fácil quedarse atrapada en el pasado… Porque eso es lo que era mi departamento lleno de gente. El pasado. ¿Hacía cuanto tiempo que no estábamos todos juntos? Hoy era mi despedida, por eso estaban allí.

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Pero si fuera cualquier jueves a la noche, estarían todos en sus casas. Lejos. Y yo tomándome un café con mi soledad. Por mucho que extrañara y llorara el pasado, el pasado no iba a volver. El tiempo nos cambia, nos transforma. Ya no volvemos a ser los de antes. El amor es tan cómodo, que cuesta mucho dejarlo ir. Es lindo y cálido, es refrescante. Es por sobretodas las cosas, un lugar seguro. Y crecer da miedo e incertidumbre. Pero nada es para siempre. Tenía que perseguir mis sueños por mucho que dolieran. Decidí disfrutar esos abrazos por última vez, sin sobre analizar tanto. Después de todo, mañana ya no iban a estar allí.

Lo miré a Diego, y me sonrió. Siempre habría un lugar en mi corazón para él. Y yo iba a tener un lugar en el suyo. Con el pasar de las horas, la gente se fue yendo, y yo me fui a dormir poco tiempo después, cansada de apilar cajas.

El día siguiente amaneció lluvioso y gris. Despedí a mi gatito con lágrimas en los ojos, y salí a encontrar a mi mamá que me esperaba abajo para ir al aeropuerto. Me dio todos los consejos que el tiempo le permitió, y revisamos mentalmente si había traído todo lo necesario. Me aseguró que iba a limpiar el departamento y guardar mis cajas en un lugar seguro hasta mi regreso.

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En el aeropuerto me esperaba mi papá, mi hermano, y cuatro amigos que fueron a despedirme. Nos sacamos algunas fotos, hicimos chistes, nos dimos consejos. Había tanto por decir, que no me salían las palabras. Estaba muy nerviosa. Me sentía contenta de saber que a pesar de todo, los tenía ahí conmigo. Solo un abrazo de todos me bastaba para tener paz.

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La hora de embarcar apremiaba, y estiré el momento hasta que fui la última pasajera en subir. Nos abrazamos y lloramos. Los miré por última vez, pensando en cuanto los quería. Las despedidas te rompen el corazón. Solo un segundo separa a tus seres queridos de la aventura. Un paso decide con cuál de los dos te quedás. Y la aventura me estaba esperando. Avancé.

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El avión despegó, y por la ventanilla miraba lo pequeño que se iba haciendo todo. El valle estaba pintado de los colores del otoño, y se veía hermoso desde arriba. De repente, ya no lo vi más. Y así sería por ocho meses.

Todo iba a estar bien.

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