6. El hombre de blanco

Dormía plácidamente cuando sonó el teléfono de la habitación del hotel.

– Buongiorno signorina Canale. Su chofer la está esperando abajo – me dijo amablemente el recepcionista.  

La concha de Jesús. Me había quedado dormida. Me cambie tan rápido como pude y bajé corriendo hasta la recepción del hotel. El chofer estaba fumándose un cigarrillo en la vereda. Tenía cara de pocos amigos, y rápidamente comprendí que no iba a ser tan simpático como Giovanni. Agarró mis valijas con el pucho todavía en la boca, y comenzamos el viaje más silencioso de mi vida.

– Siamo arribati. – me dijo él después de 10 minutos-

-¿Este es el puerto? –  pregunté con desesperación mirando por la ventana-  Esto es gigante, ¿cómo voy a encontrar a mi barco? ¿Vos sabés donde está el Obala Favolosa?

-Yo llevo pasajeros, y traigo pasajeros. Ese es mi trabajo – me respondió irritado- Buona giornata

Bajó mis cosas del baúl con la misma impaciencia, y aceleró hasta que el auto se perdió en el horizonte. Ahora sí que estaba sola. Me saqué una lagaña del ojo mientras intentaba ubicarme en ese mar de gente. ¿Cómo había podido quedarme dormida en un día tan importante? Mi cerebro me pedía desesperado una taza de café 

Los napolitanos tienen fama de ser muy nerviosos, y rápidamente comprendí por qué. Nadie parecía hablar en español, y hablaban tan rápido que era imposible entenderlos. Un policía que me vio desorientada, fue lo suficientemente amable para acompañarme hasta mi dársena cuando vio que no comprendía una palabra de italiano. Me saludó moviendo la mano alegremente cuando llegamos a los controles de seguridad,

-Sei pronta- me dijo el guardia entregándome mi pasaporte- El navío está por allá – me indicó con el dedo-

puerto-de-napoles

 

“El navío” era una mole gigante de 14 pisos y una chimenea amarilla. Sonreí. Lo peor ya había pasado. Estaba viviendo el sueño, nada más importaba. Miré para arriba otra vez. Que lindo se debía ver Nápoles desde la terraza del último piso. De repente, era lo único que quería hacer.

Pasé los controles de seguridad, subí ansiosa al ascensor del barco y llegué a la cubierta. El cielo estaba despejado y la temperatura, agradable. La terraza era impresionante. Había tres piletas en el centro y un tobogán gigante que caía en la más grande. Montones de guirnaldas de luces y banderines de colores adornaban los techos. Todo daba la impresión de que una fiesta de gigante estaba a punto de empezar

264462_10201221579560538_1719321514_n

Me acerqué a la proa. Las casas de colores se amontonaban y trepaban desde la costa hasta la punta de las colinas. En lo más alto de una de ellas, había una amenazadora fortaleza, probablemente allí desde la época medieval.

napoli-bella

Qué diferente era a las fotos. Siempre pensé que las imágenes de la costa amalfitana eran muy lindas, pero definitivamente, no le hacen justicia. Del otro lado de la ciudad, se veía imponente el volcán Vesubio. Pensar que estaba tan silencioso y tranquilo, y en su momento supo tapar a las antiguas ciudades romanas de Pompeya y Herculano.

¿Cuántas historias habían sucedido en el mismo lugar donde estaba parada, mirando al horizonte? Me imaginé guerreros, princesas, y caballeros de armadura. ¡Las sirenas de Capri que perseguían a Homero en la Odisea! Hace dos días me peleaba con el viento, y hoy sentía el sol mediterráneo en mi cara. Me hubiese quedado en ese lugar para siempre.

Estiré los brazos, como intentando tocar ese hermoso paisaje. Pero estaba ahí, casi pintado. Lejos. Y así lo estaría por muchos meses. Pronto tendría que empezar a trabajar y me convenía estar en mi cabina para cuando empezaran a buscarme. Ese lugar me daba la extraña sensación de que me estaban observando

Me di vuelta para volver, y entonces lo vi.

Un muchacho vestido de blanco me miraba desde la pileta. Tenía un bronceado espectacular. Era altísimo y sus piernas, largas como álamos. Se veía tan solemne y musculoso, que parecía un  dios griego.

El reflejo de la luz del sol contra su piel, producía unos destellos que me hacían entrecerrar los párpados. Era el hombre mas hermoso que había visto jamás.

Sus ojos color almendra me miraron tan intensamente, que no pude sostenerle la mirada. Bajé la cabeza, y me reí nerviosa. Cuando volví a mirar en su dirección, ya se había ido.

 

 

2 comentarios en “6. El hombre de blanco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s