7. Bienvenida a bordo

-¡Lu! –

Escuché a alguien gritar mi nombre desde el otro lado del pasillo. Giré y la vi a Melina, mi compañera de la facultad venir en mi dirección.

-¡Mel!- le respondí yo con el mismo entusiasmo –

– Qué bueno verte- me dijo ella besándome el cachete. Me dio un abrazo largo, y cálido, que las dos parecíamos estar necesitando desesperadamente.-

Melina era de esas personas que su cuerpo se correspondía perfectamente con su personalidad. Alta, tetona, caminaba erguida. No podías dejar de mirarla cuando entraba a algún  lugar. Daba la impresión de que nadie podía ganarle. Pero al mismo tiempo, su sonrisa era fresca, y me hacía sentir bienvenida. Su pelo era negro, largo y lleno de rulos. Era una melena de leona, un espíritu libre. Como ella.

-Tengo las llaves de tu cabina – agregó- Ya dejaron tu equipaje ahí. Es la 1516, primer piso. 

Cuando llegamos, Mel introdujo una tarjeta en el picaporte electrónico, y entramos. La habitación era pequeña, y no tenía ventanas. En el fondo, estaba una cucheta con dos camas, que tenían cortinas para mayor privacidad. Había un escritorio, un televisor, un placard y un baño con ducha cerca de la puerta. Todo parecía perfectamente calculado para entrar en ese espacio tan reducido.

Metí mi valija abajo de la cama, que tenía una mitad disponible para mi; no sin antes sacar un paquete de yerba para Mel.

-Gracias, genia – me agradeció- Me estaba haciendo falta. ¿Cómo estás?

– Bien, no sé – le respondí- Un poco nerviosa, en realidad. Pero contenta. ¿Vos cómo estás?

– Estoy muy cansada. Este es mi quinto mes, y me quedan tres más, sino se estiran a cuatro. Sólo somos dos argentinas en el barco. Ahora llegaste vos, y somos tres. Después está lleno de italianos. Extraño Sudamérica, los europeos son… distintos.

– ¿Porqué lo decís?- pregunté yo-

– Los pasajeros son diferentes. Cuando estábamos en Brasil, la gente estaba re divertida. Todo el día de fiesta. Acá está lleno de viejos, que de todo se quejan. Son fríos, es diferente. Ya te vas a dar cuenta.

– ¡Me muero de intriga! Debés tener un millón de historias. Quiero que me cuentes todo.

– Te va a dar una sobrecarga de información -me frenó Mel riéndose- Tomátelo con calma porque estos primeros días vas a tener que aprender un millón de cosas.

Miró su reloj.

-¡Ya son las 2 de la tarde! Vamos a tener que ir a buscar tus uniformes, firmar papeles y empezar tus capacitaciones. Bienvenida a bordo.

Abrió la puerta, y con una graciosa reverencia me pidió que la siga. La zona de tripulación, era muy, muy diferente a la de pasajeros. Todo era color blanco, tan blanco que parecía recién pintado. No había una sola mancha, nada fuera de lugar. Y donde sea que miraras, había un matafuegos.

pasillo

Bajamos las escaleras, y nos dirigimos a la oficina de entrada.

-Preparate para conocer al primer italiano endemoniado de este barco – me advirtió al oído mientras nos acercabamos al mostrador.  

El italiano endemoniado tenía alrededor de 30 años, y parecía no haber sonreído nunca en su puta vida. Tenía una sola ceja, y el pelo corto como un militar.

– Hola, ¿qué tal? – lo salude tímidamente- Soy Lucía, hoy es mi primer día. Llegué hace un ratito. ¿De casualidad tendrás mis papeles?

Primo contrato, vero?- respondió él arqueando la ceja- Qui si hanno i documenti ma ho bisogno del tuo passaporto

-¿Pasaporte?- repetí la única palabra que entendí mientras lo sacaba del bolsillo- ¿Podemos hablar en español o en inglés?

Siamo in Italia, e questo navío e italiano. Non parlo spagnolo.

-Gracias Leo, siempre tan amable- interrumpió Mel quitándole las carpetas de la mano.

Mi compañera sacó una lapicera de su bolsillo, y comenzó a separar papeles para que firme. No entendía nada de lo que estaba pasando.

-Vos tranquila, ahora yo te digo que tenés que firmar – me tranquilizó ella-

-No cacé un fútbol – le dije yo – ¿Qué dijo este tarado?

-Primo contrato, significa que es tu primer contrato, que no sabés como son las cosas. Después te dijo que estamos en Italia, que la nave es italiana y que él no habla español.

-Ah un piola bárbaro – respondí con odio-

-No son todos así…. Pero sabé que sos una latina en Europa. Vamos a buscar tus uniformes

Mel parecía conocer como la palma de su mano eso que a mi me parecía un laberinto. Bajaba, subía y caminaba cómodamente esos interminables pasillos blancos. Cada vez que se cruzaba a alguien, lo saludaba tan efusivamente que llamaba la atención. Parecía ser muy querida en ese lugar.

En el camino, me explicó que cada sector tenía trabajadores de un país en particular, y que en la jerga del barco, se conocían como mafias. Hacia más arriba de la cúpula, estaba el capitán y los oficiales de sala de máquinas. Esos eran todos italianos. El equipo de seguridad estaba lleno de hindúes, pero el capo, era italiano. La administración, italiana. La cocina y limpieza era filipina. Los mozos, brasileños en su mayoría. El casino, era peruano. Y el equipo de recreación tenía  una mezcla interesante de nacionalidades, ya que se requería hablar muchos idiomas.

-Vos tenés que llevarte bien con todos. – me dijo Mel- Incluso con los que te caen mal. Esto es una lata de sardinas. Una cárcel de rejas doradas. Y cualquier cosa que necesites, siempre, pero siempre, vas a necesitar otra persona. No podés hacer nada solo.

Melina abrió una pesada puerta y entramos a la zona de lavandería. Hacía un calor de mil demonios y en un solo segundo, me di cuenta que estábamos entrando en terreno de la mafia filipina.

– Pero si no es la más hermosa argentina del barco – nos saludó un alegre muchacho en inglés con un fuerte acento asiático-

– ¡Francis! – gritó Mel- Te vine a visitar. Ella es Lucía, viene a probarse su uniforme.

A Francis le brillaron los ojos. Sacó un centímetro, y empezó a revolver cajas y sacar camisas, chombas y pantalones de todos lados. Era igual al coreano que cantaba Oppa Gangman Style. Incluso con su uniforme, tenía su estilo personal, y parecía encantarle su trabajo. Te hacía sentir en un desfile de Victoria Secret, y no en el subsuelo lúgubre de un barco.

Además del uniforme con el que salí vestida, me entregó en una caja tres chombas, dos pantalones, un par de shorts, una camisa, y un cinturón.

-Y lo más importante: tu nametag. Tenés que usarlo siempre, a cualquier lugar al que vayas- agregó él- Si te ven y no lo tenés puesto, te van a dar un apercibimiento.

Con la misma delicadeza de quien entrega una reliquia familiar, Francis tomó mi mano y puso el pequeño imán dentro de ella.

Lucía Canale
Children Animator

Próxima parada: el Teatro Hortensia- dijo Mel mirando su reloj- Es mejor que vayamos yendo. El tiempo apremia

Despedimos a Francis y subimos por el ascensor. Estaba muy mareada. Habían pasado muchas cosas en poco tiempo, y el barco se estaba moviendo como loco. Salimos de los pasillos blancos y entramos por una puerta escondida al teatro.

Si el contraste entre la zona de pasajeros y la zona de tripulantes era muy marcada, en este lugar, lo era aún más. El teatro ocupaba tres pisos, y tenía butacas para tirar al techo. Predominaba el color bordó, y el diseñador había puesto azulejos y brillantes en cada lugar que le fue posible. Un desatino. Eran demasiados colores para mis ojos y sentía que me iba a desmayar en cualquier momento.

teatro

Tomé el brazo de Mel y miré para abajo, mientras intentaba caminar sin caerme. Cuando levanté la mirada, lo volví a ver.

Estaba de espaldas, pero era imposible no reconocerlo. Era el chico misterioso de la pileta. Hablaba en portugués rapidísimo con un grupo de cinco chicas, que se reían como focas  de todas sus ocurrencias.

Se giró hacia atrás, y me vio. Me moría de la vergüenza. Me sentía rara en ese uniforme, despeinada, e insegura al lado de toda esa gente. Él no se dio cuenta de nada. Caminó con determinación los pasos que lo separaban de mi. Se arrodilló a mis pies y me besó la mano con una suavidad que me puso la piel de gallina.

Bongiorno signorina – me dijo sonriendo- Mi chiamo Robson. Benvenuti a bordo del Obala Favolosa

Escuché a las chicas de atrás partirse de la risa. Yo tenía mi mano temblando en la suya, y sentía otra vez el corazón en la boca. ¿Por qué estaba haciendo eso? Él sonreía con unos dientes blancos como una perla. Nos miramos fijamente por unos segundos que parecieron una eternidad. ¿Qué estaba buscando de mi?

-Basta, Robson! – lo cortó una de ellas entre risas- Sos un ridículo. Ella es argentina, ¿por qué le hablás en italiano?

-Pero Vilma, ¡todo el tiempo me decís que hable en italiano! – se excusó Robson, levantándose del piso- Sólo estoy practicando el idioma, nada más

-Hacete el vivo – retrucó ella en perfecto español- En su país, ¿sabés cómo te dirían a vos? Chamuyero, eso es lo que sos.

Solté una carcajada nerviosa que ya no podía contener. A todos les parecía gracioso, pero yo sólo trataba de disimular los nervios que tenía.

-Soy Vilma, capa del equipo de animación de adultos -me dijo ella estrechándome la mano-  Bienvenida a bordo. Primer consejo: tené mucho cuidado con este tipo. Es peligroso.

Las risas estallaron otra vez, pero yo ya no podía escucharlas. Estaba loca por ese hombre.

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